
No seré yo quien mueva un dedo a favor de la actitud de monseñor Ricardo Blázquez afeando la posible elección de la vicepresidenta del Gobierno como pregonera de la Semana Santa de Valladolid por su condición de casada por lo civil. Tampoco lo moveré en contra del prelado, que no ha hecho nada que resulte sorprendente. Su actitud es la previsible en un obispo, igual que cabe esperar el bostezo del soñoliento o el estornudo del resfriado. Lo que no comprendo es que a la actitud de monseñor Bláquez le den importancia quienes sostienen que la Iglesia Católica ha perdido buena parte de su influencia moral sobre la sociedad española. No se entiende muy bien que tenga tanta repercusión la actitud de alguien a quien se supone carente de poder, a no ser que la Iglesia Católica sea aún en España más influyente de lo que algunos consideran. La idea de Dios excede con mucho de la reglamentación de cualquier club jerarquizado y pertenece al ámbito de la más estricta intimidad moral del creyente. En esto de la Iglesia ocurre como en la milicia, que uno se hace soldado a sabiendas del rigor de la disciplina y ha de acatarla o alistarse en la Tuna de Medicina. La pretensión de un catolicismo sin exigencias es tan absurda como la de un Ejército desmilitarizado. En mi caso no tengo dudas y me mantengo al margen de la influencia del obispo. Siempre supe que sería vetado como columnista de la Biblia.
Se desinfla el globo. Se desinfla la ilusión creada. Es más, empieza a dar la sensación que el Gobierno no sabe qué hacer para salir de la crisis. Y eso es malo para todos. En este Gobierno lo único que parece que hay es ministros diciendo una cosa y la contraria, casi luchando contra su compañero de Consejo para ver quién es más ocurrente, haciendo entrevistas raras, mostrando unos silencios incomprensibles, dando unas filtraciones extrañas y cometiendo errores de bulto. De principiantes, vaya. Eso sin contar con los cargos que se han nombrado en algunos ministerios sin ningún tipo de criterio y premiando a gente que está en contra, incluso, de las propias ideas del PP y que han aparecido excesivamente en los medios sin que nadie haya parado la sangría de credibilidad. La política del Siglo XXI, señor Rajoy, está basada en la comunicación. Sin ella, el caos. Y eso es lo que empieza a suceder en España con tantas matizaciones, rectificaciones y aclaraciones.
La riqueza la suelen acaparar unos pocos, mientras la mayoría se queda a dos velas. Tocqueville ya hablaba de que las sociedades democráticas producen «resentimiento», el de quien contempla cómo algunos llegan a las metas que él no pudo alcanzar. En un mundo como el nuestro, donde la exhibición impúdica del éxito y la opulencia es retransmitida en directo por los medios de comunicación, la desigualdad cada vez se tolera peor, y genera una alarmante frustración entre los ciudadanos/espectadores. Por eso la bandera «sin ánimo de lucro» es acogida de forma entusiasta. Pese a que –a veces– sólo sea el codicioso disfraz de una avariciosa mentira podrida. El asunto «Megaupload» –sitio de descargas en internet cerrado por el FBI–, y el tren de vida de su fundador Kim Schmitz incitan a reflexionar en la extraordinaria prosperidad de grandes corporaciones que, en principio, no tienen mucho «ánimo de lucro». Por ejemplo, el instituto de Urdangarín.
La tensión que vivimos es histórica. A veces pienso que (quizás) ni siquiera las guerras de antaño producían tanto miedo como el que actualmente padece la mayoría de los ciudadanos de Europa. No sólo pasan miedo los que no tienen empleo: quienes lo conservan y pueden afortunadamente seguir adelante –cada vez más asfixiados por los impuestos y recortes–, están aterrorizados por el ambiente de angustia y hecatombe que nos envuelve. No gastan, no protestan, no se mueven. Inmersos como estamos en una economía casi de guerra, la consigna es no consumir ni gastar energía inútilmente, aunque ello suponga consumirnos a nosotros mismos.
Desde hace tiempo, todo en Garzón es impostura. Como ese gesto de intentar vestir la toga para declarar desde el banquillo de los acusados, olvidando que fue él mismo quien se despojó de ella saltando a la política, el partidismo declarado y el verbo mitinero. Su desmedida ambición le llevó a encarnar los tres poderes que Montesquieu diseñó separados como garantía frente al despotismo y cuando decidió recuperarse como juez neutral ya era tarde. Había perdido para siempre el ropaje de la imparcialidad, esa toga con puñetas que no se le dejó lucir para evitar la imagen de otra estafa más. La de quienes pretenden hacernos creer que Garzón es víctima de una conspiración por perseguir la corrupción. No es verdad. Aunque griten. Garzón se arriesga a ser expulsado de la judicatura por cometer el delito más grave del que se puede acusar a un juez: la prevaricación. Comportarse de forma injusta a sabiendas. Violando las sacrosantas garantías constitucionales de cualquier procesado, por indeseable que sea.
Siendo el país pionero del liberalismo, somos el único de Europa donde no hay un partido liberal propiamente dicho. Ahora bien, liberales o, mejor dicho, políticos que se reconocen como tales, sí los hay, aunque, todos ellos, los matiza con diversos adjetivos. Así, unos se definen como “liberales conservadores”, otros como “liberales moderados”, y no faltan los que, con ánimo de calificarse como más avanzados, de “liberales progresistas”. El problema es que, con tanto afán de priorizar el adjetivo lo que, a la postre sucede es que, de una forma u otra, se pierde el sustantivo, o dicho de una forma más clara, que en el fondo lo que hay son conservadores, moderados y progresistas, de derechas y de izquierdas, pero no liberales. El liberal, en palabras de Gregorio Marañón, no es una categoría partidista sino una actitud, un modo de ser y, en este sentido, el partidismo ahogaría el espíritu liberal que lo reclama. Y, como decía el maestro, aquel que apueste por la obediencia de partido, no es un liberal auténtico. Por este motivo se explica que, en España, no prospere ningún partido liberal y que, todos los intentos de hacerlo durante la Transición, hayan fracasado.
Uno de Pontevedra compró por internet un presunto alargador de pene y, a los pocos días, recibió en su casa el ansiado paquete, dicho sea sin segundas. Al abrirlo, en lugar de hallar el artilugio destinado a hacerle recuperar su autoestima, se encontró con una lupa. Indignado se dirigió a una comisaría para denunciar lo que él consideraba un fraude pero, seguramente a causa de la inevitable rechifla de los agentes, decidió no tramitarla. Al fin y al cabo una lupa no es otra cosa que una lente de aumento que termina por crear una ilusión y lo del alargador tiene toda la pinta de ser algo ilusorio que no modifica la realidad sino que la camufla. Otro señor, curiosamente también de Pontevedra, se ha encontrado que algo que le habían asegurado que media seis, en realidad medía ocho. Este segundo señor lo que pidió desde el primer momento fue la lupa porque, a diferencia del primero, no tenía ninguna fe en los anuncios de productos milagro que con tanta insistencia se nos han vendido a los ciudadanos de este país nuestro en los últimos ocho años y, especialmente, en los últimos cuatro. Al aplicar la lupa, no para hacerse ilusiones sino para toparse con la realidad y afrontarla con todas sus consecuencias, a casi todos los españoles lo que nos ha ocurrido es que se nos ha encogido (que es lo contrario de alargar) el alma primero, y el bolsillo después. Y encima tenemos que aguantar que los responsables del cambiazo hagan vídeos y los cuelguen en la red para justificarse y, de paso, seguir tomándonos el pelo.
El euro se devalúa y el riesgo de la deuda española continúa en aumento. La cotización de la moneda europea ha bajado, el nivel más bajo desde 2010. Desde la entrada del euro los precios han subido un 48 por ciento. ¿Es solvente la banca? No olvidemos que la crisis en España se inició con el euro. ¿Se controla el déficit para generar confianza? ¿Tanto preocupa a las Autonomías un control más severo? ¿Los recortes intentarán una recuperación económica? El nuevo gobierno se ha encontrado con un ocho por ciento de déficit y los bancos son los principales responsables de la crisis. El malestar por la clase política y la corrupción desinfla el entusiasmo. Si el euro ha proporcionado la crisis ¿cuándo se erradicará?