Recuerdo que yo tuve un amigo que era hombre-hamburguesa. Bueno, en realidad era poeta pero se ganaba la vida haciendo guardia en una esquina de El Corte Inglés con un traje de gomaespuma por el que asomaban dos patatas fritas. Yo solía hacerle visitas y nos echábamos un pitillo juntos. La verdad es que verle fumar con aquello encima era un poema. Según desde qué angulo se le mirara parecía literalmente una «doble cheeseburger» que se estuviera aún friendo por el humo que salía de ella. El orificio por el que metía el cigarrillo estaba chamuscado de darle ese uso. Un día se sinceró conmigo: «quiero casarme, fundar una familia. ¿Pero cómo le explico al padre de mi novia en qué consiste mi trabajo? No es lo mismo decir «soy médico» o «guardia de tráfico» que decir «soy hamburguesa y quiero la mano de su hija». Yo le entiendo a Gallardón. Gallardón no se fía de este Gobierno ni de sus recetas para la crisis y teme que Madrid se pueble de hombres-hamburguesa. Es un social liberal que rechaza las exteriorizaciones feas del capitalismo y que ha tenido una pesadilla. En ella «el fin de la Historia» de Fukuyama tiene el inesperado epílogo no sólo de la cumbre de Washington sino de una Castellana poblada de miles de hombres-hamburguesa avanzando hacia Cibeles. El problema es que ha elegido para su mal sueño una época en que hay demasiada gente durmiendo en la calle que ve al hombre-hamburgesa como a un capitalista.







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