En el caso de algunos prelados vascos, como el obispo de San Sebastián, monseñor Uriarte, y no digamos nada de su antecesor, monseñor Setién, tantos años de «equidistancia» les ha llevado a perder la autoridad moral que debe acompañar a todo «buen pastor». Esa incapacidad para nombrar «la bicha», y la incesante busqueda de eufemismos que sustituyan a palabras tan sencillas y entendibles como «asesinos», o simplemente acompañar «ETA» con el apelativo «terroristas», demuestra que aunque se acabe con los «pistoleros», la tarea de «descontaminar», de acabar con el «virus del árbol y las nueces», está lejos. Es cierto que Uriarte, en su homilía del pasado viernes, condenó enérgicamente el atentado, ¡faltaría más!, pero no lo es menos que buscó el «equilibrio» instando a los políticos a «aparcar sus diferencias para alcanzar la paz». ¿De qué paz habla monseñor? En Euzkadi no hay ninguna guerra, y la única paz que persiguen los etarras activos o pasivos, da igual, es la paz de los cementerios. Ahí esta la clave de todo.