Jóvenes airados recorren Europa como un fantasma de fuego y pasamontañas. De Atenas a Londres, de Berlín a Madrid, las calles crepitan bajo sus pies. No son parias ni marginados ni explotados. Son hijos del Estado del Bienestar, cuidan su dieta, visten su propia moda, apuran la fiesta hasta el amanecer y duermen bajo un techo de edredones. Entonces, ¿a qué viene la furia desatada, esas miradas de odio líquido, los brazos alzados dispuestos a la destrucción?, se pregunta asustada Europa. Y apenas acierta a responderse. Tal vez sean demasiado jóvenes para rendirse y demasiado viejos para creer en los sueños. O simplemente es el fruto amargo de una izquierda que se ha mentido a sí misma de tanto mentir a los demás, porque debajo de los adoquines jamás hubo playa. Son los desheredados del Muro, los huérfanos de la utopía socialista que ha vendido su alma al diablo del Poder, la misma que acude al rescate de la Banca mientras ellos queman los cajeros automáticos. Hijos renegados de una casta política que hoy se interroga atribulada ¿qué hemos hecho mal, nosotros que hemos sido tan buenos progresistas, que hemos cumplido todos los preceptos y hemos sido coleguis?: descolgar crucifijos, llamar matrimonio a la pareja de homosexuales, que los chicos frieguen los platos o que aborte quien le dé la gana. Jóvenes devastadores, en suma, que abominan de unos mentores cuya única receta frente a la carestía, el paro y la pobreza es darles más dinero a los bancos y las multinacionales.