Todos los líderes políticos mundiales insisten, contra toda razón y evidencia, en que es imprescindible hacer estas inversiones para salvar a los ricos, ¡pobrecitos!, y que, con todo, aún lo peor de la crisis no ha llegado, sino que nos prometen un feliz y dichoso 2009 y siguientes. Y lo prometen vehemente quienes no saben qué clase de crisis se ha dado ni por qué —o no lo quieren explicar—, quienes se corrigen a sí mismos cada día (para peor), y quienes manifiestamente han sido incapaces de haber visto venir a semejante bestia y, una vez llegada, explicar cómo es o por dónde ha venido. No; no es cosa del petróleo, que ya está baratito y se puede considerar que caerá más su precio, ni por la cosa de las guerras, que siguen en su mortal rutina de siempre: ¿por qué, entonces?... Si había estos dineros disponibles, ¿por qué no se usaron o se usan para remediar los miles de millones de muertes y el indecible sufrimiento mundial que se podría haber evitado?... Cuatro mil millones de seres humanos están condenadas a una muerte cruel y segura, ¿y había estos dineros que se pueden invertir impúdicamente en banqueros soberbios —que siguen repartiendo dividendos— o en industrias que tienen a sus trabajadores en régimen de esclavismo legal, ignorando a las verdaderas víctimas?... Francamente, esto apesta. Por mi parte, ni nunca me tragué lo de la crisis ésta que tiene tufo a timo global, ni acepto que todos esos dineros sean repartidos entre unos ricachones mientras la mayor parte de la humanidad se muere de necesidad. Lo siento, pero no.