Aunque presiento que puedan darse otra vez en mi vida las circunstancias en las que un hombre toma sobre la marcha cualquier decisión que cambie el curso de su existencia, la verdad es que cada día que pasa le encuentro más inconvenientes al riesgo, seguramente porque a cierta edad la valentía sólo puede ser la consecuencia de un descuido. No le he perdido la afición a los vicios, pero el cuerpo me permite ahora menos errores que la conciencia. Una de las desventajas de hacerse mayor es que aquellas conductas que antes no te importaba que te las reprochase el cura, ahora tienes que resignarte a que te las prohíba el médico. Temo que no pueda volverme un tipo razonable sin convertirme al mismo tiempo en un dócil hombre desalado. Mi experiencia me dice que lejos de ser una sabia conquista de la mente, a menudo la prudencia no es otra cosa que la secuela de algún achaque, del mismo modo que la castidad es en muchos casos la consecuencia indeseada de una disfunción eréctil. Dándole vueltas al asunto, anoche recordé lo que me dijo hace algún tiempo un cura: «Acabarás en el buen camino cuando las cosas que tolere tu conciencia no sean exactamente las mismas que te permita tu próstata».