En apenas una década Federico Jiménez Losantos ha pasado de ser un brillante intelectual a convertirse en el gran gurú mediático de la derecha y en el personaje más demonizado por la izquierda; algo tendrá el agua cuando la bendicen. Y cuando la maldicen, supongo. Máxime si quien lo hace es la izquierda.

A FJL se le podrán reprochar en ocasiones sus formas, en ocasiones, incluso, su fondo. Pero lo que nadie podrá discutirle es su capacidad para generar pensamiento, opinión y, sobretodo, discrepancia. En una nación en la que el pensamiento único campa por sus respetos, a Federico hay que agradecerle su proverbial don para la disensión. Disiente de la izquierda como disiente de la derecha. Atiza a diestra y a siniestra, indistintamente, casi sin inmutarse; diríase que con gusto. Con razón o sin razón, pero siempre con razones; las que nacen de la libertad; las que provienen de la independencia. Precisamente, ahí reside el origen de todos sus males: la pasión con la que expresa la verdad, aunque sea la suya. De ahí que haya conseguido lo que nadie había logrado en este país nuestro: unir a la izquierda y a la derecha políticas. Aunque sea en su contra.