Zapatero ha cogido la mala costumbre de reírse de todo aquel que le molesta y le dice lo que tiene que hacer. Ayer se rió varias veces durante el discurso de Rajoy y también con motivo de la intervención de Rosa Díez. Es lógico. Ambos le recordaron cosas que no le gusta recordar, y quizás por eso se ríe tanto. Rajoy habló bien y dijo al presidente que la reducción de 1.500 millones en el gasto corriente, amén de insuficiente, es una medida ya propuesta por él y que llega tarde. Destinar ese dinero a aumentar la cobertura de desempleo a los que ya se han quedado sin subsidio está bien, si no fuera porque tal cantidad apenas da para un mes de prestaciones, con el actual nivel de paro. Se rió mucho ZP cuando el líder del PP le recordó que nuestro diferencial con el bono alemán se ha incrementado en más de 100 puntos. Igual se rió porque no sabe de qué se ríe. Y no sabe que ese aumento supone una mayor dificultad para la emisión de deuda pública, o sea, para financiar el endeudamiento creciente de nuestra economía. No es para reírse, le tuvo que decir también Rosa Díez al presidente, a quien le hizo mucha gracia que la diputada vasca le dijera que sólo le quedan dos opciones: o convocar un pacto o convocar elecciones. Zapatero sigue siendo optimista y quizás por eso se ríe tanto. O tal vez se ríe por no llorar. Tal es nuestra desgracia.