Mañana se cumple el cuarto aniversario de la muerte del «gran Papa», Juan Pablo II. Su legado es inmenso. Su aportación a la Iglesia indiscutible, y a la sociedad, innegable. Testigo de Dios vivo y, por eso mismo, de la gran esperanza; trabajador incansable en favor de la paz, luchador infatigable por la libertad y los derechos fundamentales, defensor como pocos de la vida; fue de manera destacada un apasionado por la verdad –la verdad de Dios y del hombre–, buscó la verdad con todas sus fuerzas, la mostró y ofreció a todos sin imponerla, la defendió ante todos los tribunales de este mundo que la condenan o la rechazan. Por esto mismo fue, aunque algunos no estén de acuerdo conmigo, el hombre de la tolerancia, el hombre de la paz. «Tolerancia» es una de esas palabras que se escuchan con más frecuencia en el lenguaje público. En verdad estamos muy necesitados de ella. Se trata de una exigencia básica para las relaciones humanas. Necesitamos vivir en la tolerancia, entendida ésta como obligado respeto a la conciencia y a las convicciones ajenas; la necesitamos como base firme para una convivencia en libertad. La necesitamos en un mundo intolerante, abundante, por desgracia, en rechazos por doquier. Desearía que no se hiciese de la «tolerancia» una palabra manida, un eslogan, desearía que hablásemos poco de tolerancia y que, sin embargo, fuésemos en la realidad muy respetuosos unos de otros. Seguramente esto le agradaría al siempre recordado Papa: hablaba poco de ella, pero la ejercía. Esto requiere un largo aprendizaje.