Eliminar a los médicos como dispensadores de un medicamento que está contraindicado cuando hay riesgo de trombosis y flebitis -por empezar a hablar- es una falta de responsabilidad. Tomar hormonas para evitar un hipotético embarazo será posible todos los días de la semana, sin médico y por veinte euros. En el país donde un menor tiene prohibido comprar cerveza o tabaco, cualquier adolescente histérica podrá automedicarse. Naturalmente, la sustitución del preservativo por la píldora de marras propiciará la expansión del sida y las enfermedades de transmisión sexual. Es una forma de educar en que es posible la promiscuidad sin consecuencias. La ministra miente cuando dice que esta píldora no es abortiva, porque no hay discusión entre los científicos sobre que el principio activo impide la ovulación o la fecundación en algunos casos -como anticonceptivo- pero que, cuando ya se ha producido la fecundación del óvulo, evita su anidación en el útero y funciona como abortivo. Sin embargo, el tema no es ni siquiera moral. La burrada estriba en la decisión de arrumbar a la ciencia y orillar a los médicos para obtener réditos electorales. Se trata de un dislate sanitario para tener contenta a la vasca y supongo que para evitar «overbooking» en los hospitales, ahora que va a salir la ley del aborto. Allá cada cual con su conciencia, pero si alguna menor repite la ingesta de píldoras del día de después y padece hemorragias, o si alguna mujer sufre una trombosis por medicarse sin ayuda profesional, supongo que se podrá demandar al Ministerio de Sanidad. O a su Ministra. Por tener no sé que cosas en la cabeza...