Ya no me hace ninguna ilusión conducir, es más, a veces tengo miedo y otras me da asco. Tengo miedo porque veo miles y miles de ojos de radares espiándome, anotándome la matrícula y mandándome multas a casa como si fuera un ciudadano que anduviera por la vida de forma incívica. Y porque sé que esos miles de radares están puestos no para que haya menos muertes en las carreteras sino para exprimirnos, para sacarnos el dinero, para tenernos sometidos y para que sintamos lo que yo siento: miedo. Y me da asco porque me han quitado un placer y porque si en un tiempo veía en la guardia civil alguien que podía ayudarme en un apuro, ahora veo en algunas policías sujetos prepotentes y con ganas de dar estopa tal como hacían los de un cuerpo autonómico con los estudiantes que protestaban por lo de Bolonia y con los periodistas y turistas que se acercaban por allí. Y sé que hay muchos ciudadanos a los que les pasa lo mismo que a mí y que sienten lo mismo que yo y que viajan siempre con los "congojos" puestos y mirando a ver si hay controles detrás de un puente, de unos arbustos... y que torturan a sus acompañantes con el: oye, vigila y si ves algo sospechoso, avísame. Y avísame con tiempo. Y así no compensa ni salir de viaje, ni conducir, ni comprar un coche nuevo. Y ya ven por qué no compro un coche nuevo, porque para hacer algo en esta vida te tiene que compensar lo que haces y... Y no compro coche y al no comprarlo contribuyo a que se arruinen las casas de automóviles y a que manden a los empleados al paro y a que los países se empobrezcan porque son pocos los que trabajan y muchos los que cobran el paro. Y al no comprarlo contribuyo a que no haya consumo y al no haber consumo la economía se vaya a hacer gárgaras. Y casi me atrevería a decir solemnemente que no comparé coche hasta que no desaparezca ese Director General de tráfico, ese tal Pere Navarro que circula en su coche oficial a la velocidad  que le da la gana, pero que persigue, que vigila y que trata de sospechosos y de potenciales criminales  a todos los conductores. Y, por lo tanto, que no se empeñen las casas de automóviles en hacer cada vez más vehículos más perfectos, atractivos y seguros porque no los venderán. Y no los venderán porque hoy los políticos han eliminado el placer de conducir a los que lo sentíamos y porque a los que no lo tenían les han gravado a fuego el que un coche es una máquina infernal, destructora. Ya está.