La réplica de Mayor Oreja a López Aguilar fue tan fulminante como un gancho a la mandíbula: «Mientras yo me jugaba la vida por la democracia, usted aprendía a tocar la guitarra». El candidato socialista acusó el golpe y a partir de ahí se apagó su fogosidad dialéctica en el debate televisivo que les enfrentó. López Aguilar es un político brillante, de inteligencia despierta y con una vena artística que lo eleva unos centímetros por encima de sus compañeros de partido, motivo por el cual su carrera en el PSOE ha acusado las cornadas de la envidia. Sin embargo, el socialista canario comparte con sus camaradas esa especie de prepotencia moral de la izquierda que les lleva a expedir carnés de demócrata con la misma discreción que el gorila de discoteca decide quién pasa y quién no. Aupados en una biografía mediocre en lo político y virgen en lo intelectual, despachan certificados de limpieza de sangre con una audacia pasmosa. Son los nuevos inquisidores, los depositarios de la verdad progresista. A políticos conservadores o liberales que durante la Transición se jugaron el físico y la hacienda por la democracia, los presentan como herederos de los asesinos de Lorca; y a quienes desde hace décadas luchan por los derechos de los ciudadanos, los caricaturizan como siniestros invasores de Irak. Esa animadversión tan granítica es la que aflora en sus vídeos electorales, el del cura al que ponen cara de martillo de herejes, o el que presentaron ayer, en el que culpan de la crisis económica a Aznar y Bush, tanto monta monta tanto, a pesar de que hace más de cinco años que gobierna Zapatero. Además, tampoco recuerdan que mientras los otros, los apestados de hoy, corrían delante de los «grises» por las libertades de todos, ellos pasaban las tardes aprendiendo a tocar la guitarra. Y encima sin mucho provecho.