Uno pisa el aeropuerto de Barajas y le entra de repente la sensación de haberse colado en un quirófano del Ramón y Cajal. Delante tengo a un grupo de azafatas enmascaradas en el que hay una que es la más enmascarada de todas y que pestañea mucho, muy «estilosamente», detrás de la careta. Es también la más solicitada por los viajeros y la que, sin duda, le saca más partido a la gripe porcina. Entonces me doy cuenta de que estamos perdidos; de que hemos hecho de la necesidad virtud y de que la epidemia se ha aliado con la coquetería. En ese momento me viene la nostalgia por la infancia y por la época en que jugaba a médicos. Y me acuerdo también de un amigo que tiene la teoría de que esto de la gripe porcina es una conspiración islámica para extender el velo por todo Occidente y, de paso, exterminar a todos los cerdos del Globo. «Acuérdate de los 350.000 gorrinos que les han matado a los cristianos coptos en Egipto», me dice poniéndome la carne no de cerdo sino de gallina. Yo creo que en Europa tenemos todos y todas ganas de llevar velo porque a la menor complicación nos lo ponemos. Recuerdo que en una de las anteriores pandemias los chinos o los japoneses diseñaron unas mascarillas muy glamourosas con bellas y elegantes estampaciones. Yo ya me he mentalizado para algo así y pienso estar a la moda. Sé que un buen día de éstos, las mascarillas acabarán siendo como las corbatas: de seda italiana y con toda variedad de dibujos estampados. Terminaremos fardando de mascarillas de Loewe, de Armani, de Hermés, de Versace. El golpe duro va a ser para los etarras, que van a tener que sudar bien los comunicados con la capucha, la txapela y la mascarilla encima, o para las que se han gastado la herencia en labios de silicona. En realidad la silicona es el velo femenino de Occidente. Es una superstición muy poco católica. Aquí los hombres somos más moros de lo que creemos. Les hemos convencido a las mujeres de que deben ocultar sus verdaderos labios y sus verdaderas napias con los velos y los burkas laicos de la cirugía estética. Aquí algunos van mucho de heterosexuales, pero luego ves qué morro de goma aviar le han puesto a la parienta y te das cuenta de que lo que de verdad les gusta es hacérselo con el Pato Donald.