Nada fascina más a un alto cargo de cualquier ministerio, que pasar delante de una ventanilla de su competencia y contemplar la estampa de cincuenta ciudadanos obedientes haciendo cola para conseguir un impreso que les permita conseguir otro que de lugar a un tercero, que a su vez les autorizará a pagar la tasa correspondiente en el banco y presentar después toda la documentación anterior, reunida, ordenada y sellada, en el último mostrador de la oficina, en el que la revisarán, le encontrará cualquier error -aunque no lo tenga-, y se la rechazarán, remitiéndole a iniciar el proceso de nuevo en la ventanilla inicial, y a apartarse pronto de la cola porque hay más gente esperando. Está escrito. Cuando usted va a hacer algún papeleo en el que interviene un organismo público puede estar seguro de dos cosas: que perderá toda la mañana y que su presencia física será imprescindible durante todo el proceso. Incluso es muy probable que sucedan otras dos: que le obliguen a perder la mañana de mañana, y que lo de su presencia física vuelva a ser innegociable. Por tanto, no se esfuerce por llegar demasiado temprano a ninguna oficina pública. Y si realmente quiere ahorrar tiempo, no se pase de listo: jamás aparezca ya con los impresos cubiertos, descargados de Internet en su casa, en la web de la autoridad competente. Haga lo que haga habrá perdido más tiempo aún. Algún funcionario -digo yo que con suerte habrá alguno de alta en todo el edificio-, más o menos amable, le razonará que esos impresos no sirven, y que debe cubrirlos de nuevo de forma manual. No, no intente discutir. Ni mucho menos se le ocurra preguntar que por qué razón se ofrecen en la web oficial del ministerio unos impresos que no son válidos. ¿No se da cuenta de que si eso funcionara como Dios manda, para empezar, el puesto de trabajo del que atiende esa ventanilla sería innecesario?