Perdido y aplanado
el 28 jun - sin comentarios
El Gobierno no está en su mejor momento. Cuando Zapatero arribó a La Moncloa asentía sin parar (aún no sé a qué), sonriendo incansablemente y prometiendo que el poder no lo iba a cambiar. A él. Lo que no dijo es que esperaba que cambiásemos los demás, que pensaba iniciar, al día siguiente de su nombramiento, una operación de dermoestética política de los contribuyentes que requería incisiones, tajos, cortes, amputaciones y heridas de gran profundidad, para moldearnos a su gusto. Y que nos iba a practicar la intervención sin una gota de anestesia. Su poder quizás no lo ha cambiado a él. Pero, después de él, a nosotros no nos reconocerá ni la madre que nos parió. En la primera legislatura, en vez de dedicarse a reparar heridas, abrió otras nuevas. La economía no era entonces un problema, de modo que se crearon conflictos inéditos para mantenernos entretenidos y convertirnos a todos a la religión verdadera del zapaterismo. Pero del anticlericalismo, la fiebre estatutaria y la memoria histórica hemos pasado a una recesión «hardcore» horripilante, y en esta segunda legislatura Zapatero se enfrenta a problemas mucho más difíciles de prever que el tiempo que tarda en cabrearse un obispo.
















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