En el cole es donde comienza el etiquetado del ciudadano. Desde la más tierna infancia el niño suele quedar perplejo ante ciertas situaciones en las que a él, no entiende por qué, se le acosa o se le desprecia, y a otros, tal vez con menos méritos, se les sonríe, acaricia y regalan sobresalientes. El poder de un maestro (mal llamado profesor) es mucho, y lo sabemos más que bien todos los que hemos ido al cole, que somos todos. A la sociedad les gustan las etiquetas, pero en el cole las adoran. Hay niños marcados como por tatuajes carcelarios que tienen que enfrentarse a los poderes dictatoriales del profesor o profesora de turno. Si el nene o sus papás son los de caricia y halago, vaya y pase; pero si son de los de al pan, pan, y al vino, vino, como que el niño tiene problemas, y si por un aquél es algo torpe en esa materia, al patíbulo con él. Lo acosa, lo desprestigia, lo ofende en público poniéndole en evidencia y se sirve de mil artimañas para que ante el claustro sea el alumno desaprobado, suspendido, condenado. A lo mejor el chiquillo no tenía problemas más que con ese tema -quizás mal explicado-, pero no importa, porque si le cae antipático, está frito, listo, arreglado. El rigor más exacerbado cae sobre el alumno en su conducta, en la corrección de los exámenes, en las reprobaciones que en su debido tono serían oportunas, siendo aprovechadas a partir de ese momento para humillarlo ante sus compañeros. Pronto el alumno comprende que no tiene objeto estudiar, que lo mismo da que sepa o no de la materia, porque igual está indefenso ante el suspenso, ante la tirria de sus profes y ante el estigma con que ha sido marcado. Pasará incluso de curso, pero otros profes ya le han tomado medida y saben que ése..., ése..., es un trasto, un conflicto permanente, un marginado al que hay que seguir marginando. Y el niño, tal vez con una mente preclara que oscurecería las luces de sus maestros, acepta su sino y se hace rebelde, insolente, apátrida. Busca la venganza a su manera -eso que llaman rebeldía juvenil- y se echa al botellón, al porrete, a la juerga. Sabe que aquí somos lo que somos, o admitidos a lengüetazos, o marginados por antipáticos. Él, y con gusto, llegado a esa adolescencia arrogante y sin pánicos, desafía, será con gusto el pendón, el estandarte de un resentido que se verá obligado a llevar una vida de frustraciones porque tuvo un mal profe al que nadie paró los pies a su debido tiempo.