Tragedia en la Fiesta
el 10 jul - sin comentarios
Nadie está preparado para ver la muerte de cerca. Ni siquiera quienes nos hemos criado en el disfrute de estas singulares fiestas en las que, mucho más que el torero, el toro es el protagonista indiscutible. Para lo bueno y lo malo. Víctima y verdugo. Aunque más amado que odiado... Son los Sanfermines: 24 horas de juerga, alegría y buen humor, como el que embargaba, una vez más, a la regidora municipal de Pamplona en el Casino, encima del célebre Café Iruña, en la plaza del Castillo, donde se celebraba el conocido como "baile de la alpargata", una de las citas más castizas durante la fiestas de la capital navarra. Con la paradoja y el contraste con los que la vida y la muerte zascandilean en torno al ser humano, minutos antes de ver el encierro, me relataban algunos mozos que este año los encierros tenían menos emoción porque había menos parones de la manada y menos toros descolgados, que es lo que suele dar electricidad a las carreras. Al parecer, culpaban al líquido con que se rocía el recorrido una vez se ha eliminado la suciedad que dejan las veleidades nocturnas. Una sustancia que proporciona al ganado y a los corredores más agarre al suelo. Coincidíamos en que los primeros tres encierros habían sido muy limpios y rápidos. Quizá demasiado para un corredor del encierro. El habitual, el experto, el "divino", busca el toro suelto, el que trota más que corre, para situarse delante de sus astas, pegado a ellas, hasta las piernas y la vista den de sí. Pero la muerte, como advierte Hemingway en "Fiesta", cuando relata la primera cogida mortal en el encierro, el 13 de julio de 1924 (el sangüesino Esteban Domeño, víctima de un toro de Santa Coloma), siempre está al acecho en la fiesta del toro. Como un trágico reclamo para quienes todavía corren el encierro pensando que no entraña alto riesgo, la tragedia de un joven corredor vuelve a darnos el aviso. Es la muerte de un mozo, pero es también la vida de los Sanfermines. Su gran paradoja. Su esencia.
















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