Ocho millones de personas sin ingresos o con ingresos reducidos, además de al menos otro millón de inmigrantes indocumentados que no figuran en las listas, no es un panorama digestible para un Estado que pretenda garantizar la paz social, porque a esto hay que añadirle la desesperación que promueve el instinto de supervivencia y el egoísmo de la sociedad con haberes que pretende que todo siga como si no pasara nada. Pero pasa. Cerca de nueve millones de almas en España se ven forzadas a buscarse la vida cada día, recurriendo cada cual a las mañas que puede. La inmensa mayoría lo hace dentro de la honradez posible; pero ni eso les dejan hacer en ocasiones. Los que tienen un negocio, quieren todo el público para ellos; los inmorales ayuntamientos, como el de Madrid, quieren una ciudad de cuento de hadas que no es real, con calles limpias y ordenadas, escondiendo la pelusa de la realidad bajo la alfombra de los mechinales donde se arraciman los desheredados; y a los empresarios que han amasado sus fortunas haciendo harina a los demás, les viene tan ricamente la situación para seguir ganando. Si no hay puestos para que todos trabajen, habrá que crearlos en la calle, en los parques o en los semáforos, pero siempre será mejor eso que favorecer la llegada de la dictadura de la desesperación, porque ésta anula al cerebro y favorece que el estómago propio o de los hijos tome las riendas de los actos. Elegir, de eso se trata: o modificamos el orden, o el orden nos devora. Así de fácil, así de rápido. Ya pasó con la crisis del 78, y la delincuencia y el desmadre social derivó en un golpe de Estado.