Fitgerald
El viaje de Moratinos a Gibraltar no lo han entendido ni los ingleses, que tiene mérito. Menos aún, las monas del Peñón, que se han liado a mordiscos con los fotógrafos que cubrían la ridícula visita de nuestro canciller a la Roca. Las monas de Gibraltar son oriundas de Marruecos y las trajimos los españoles cuatro siglos atrás para que en el XXI muerdan a los ingleses. Son muy gritadoras en los orgasmíos, y en los períodos altos de celo, los llanitos no pueden dormir del guirigay ardiente que arman en sus juergas. El cronista de viajes de York, Samuel Gerson, siguió en una noche de luna llena los lances amorosos de «Fitgerald», un macho viejo y dominante dotado de un trabuco descomunal. Según Gerson, se lo hizo a diecisiete monas, y cuando saltaba por las rocas en pos de la decimoctava, le falló un muslo, perdió el equilibrio y se hizo papilla contra el patrio suelo hurtado. «Para mí -concluye Samuel Gerson-, lo más interesante de Gibraltar fueron los polvos de "Fitgerald", heroico mono». Moratinos, en ese viaje tan estúpido que ha rendido a Gibraltar, ha perdido la oportunidad de depositar un ramo de flores en el lugar en el que «Fitgerald» falleció como consecuencia de su ardor. Quedó su cadáver como el del barón de Chente Mata, de Luis Fernández Valdés, «Ludi», un viejo pariente de Francisco Álvarez Cascos que escribió en italiano macarrónico un desternillante opúsculo versificado. Lo de siempre, el barón que sorprende a su hija en manos de un conquistador calavera, el barón que dispara y mata a los amantes y posteriormente, horrorizado por su acción, se lanza al vacío: «Abre luego le balcone,/ y se tiri en direchone/ vertical sobre un peñasqui,/ quedando allí le barone,/ como un centolli sin casqui». Rajoy ha sabido dar al viaje de Moratinos su preciso valor. Con humor gallego, regodeando su ironía en la claudicante figura de Moratinos, que por no hacer, no acudió ni a visitar la tumba del mono más cachondo de Gibraltar.







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