Tengo poco respeto por la mayoría de los políticos. Pero sé que hay honrosísimas excepciones. Diré el motivo de mi profunda insatisfacción. No estoy molesto por una multitud de pequeñas y medianas miserias. Por supuesto, hay que erradicarlas, y una democracia digna de este nombre tiene que proponerse la limpieza y honradez en la actuación de sus representantes. Pero hay aspectos absolutamente fundamentales y a éstos me voy a referir. Sin pretensión de exhaustividad, hay dos cuestiones que, hasta que no se solucionen, impedirán que le tenga respeto a la clase política, en general. Ya sé que les importa una higa lo que yo piense, pero esto lo damos por sentado. Una cuestión es la ley electoral. La vigente ley electoral es antidemocrática e injusta. ¿Por qué? Siempre se ha dicho que, en democracia, ‘un hombre, un voto'. Dado que no soy políticamente correcto, y trato de no serlo, no he querido escribir ‘un hombre, o una mujer, un voto'. Cualquiera puede entenderlo, si quiere. Pues bien, resulta que los nacionalistas no responden a este principio democrático tan elemental. En las pasadas elecciones generales, el PNV (con 300.000 votos) obtuvo seis diputados y UPyD (con 303.000 votos) consiguió un diputado. Esto es un verdadero escándalo. Una muestra de la baja calidad de nuestra democracia. Pues bien, hasta que los dos grandes partidos no se pongan de acuerdo y modifiquen la ley electoral, en sentido democrático, mi falta de respeto por la clase política seguirá. No quiero que se comporten como los nacionalistas y cambien la ley de forma que el voto de un nacionalista valga menos que el voto de los demás. No. Tiene que valer igual. Pues no lo hacen. Por eso digo que la calidad de la democracia española es baja. El otro motivo de mi profundo disgusto contra la clase política tiene que ver con la lucha antiterrorista. Las hemerotecas pueden confirmar lo que digo. Que al finalizar la etapa Aznar, la banda terrorista estaba bajo mínimos. Desgraciadamente, el peor Presidente de nuestra democracia, Zapatero, tuvo la ocurrencia de ‘negociar políticamente' con los terroristas. Es falso que todos los demás Presidentes de Gobierno lo hubieran hecho igual. Lo que hicieron fue ofertar una salida. O sea, que entreguen las armas y discutir las condiciones de la entrega, etcétera. No negociar políticamente con ellos. La consecuencia de este error histórico de Rodríguez Zapatero fue que se relajó (voluntariamente) la persecución debida a los terroristas. También que el Presidente Zapatero pronunciase aquellas deleznables palabras: ‘Otegui es un hombre de paz'. El Presidente mintió repetidamente a los españoles. Además, siguieron las negociaciones con los terroristas incluso después del atentado de Barajas, en el que hubo dos muertos.