A la última en memeces
Los potingues antiarrugas siempre han sido una guarrada y su encanto reside en lo escatológico. Hace años se hablaba de la leche de pepino y del aceite de rosa mosqueta, pero pronto cobraron más prestigio los ungüentos de cartílago de tiburón, extracto de placenta y baba de caracol. La baba de caracol es que arrasaba. Uno cometía la indiscreción de ponerse a leer la composición de determinados cosméticos femeninos y se le ponían los huevos de corbata. Más que estar ante la botica de la abuela, tenías la sensación de hallarte ante la pócima de la bruja Piruja: sesos de lagarto, hígado de rata, bilis de cucaracha... Esa industria epidérmica da ahora un salto cualitativo con la «crema de veneno de serpiente». Estoy repantigado ante el televisor y de repente me da un susto de muerte un anuncio que habla de un prodigioso líquido procedente de la «víbora del templo», originaria de Tailandia, que es de consumo obligado entre las actrices de Hollywood. Al parecer, en Beverly Hills no eres nadie si no te untas la cara con ese tóxico. Uno, que está resignado a no ser nadie ni en Los Ángeles de California ni en los de San Rafael, comprende que con la crema de veneno de serpiente hemos tocado fondo. Ya sólo falta la loción con semen de macho cabrío.







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