Definitivamente, voy contra corriente, quizá debido a mi mala cabeza, y ni leo los novelones de la trilogía de Larsson, ni me creo el optimismo producido por las nuevas detenciones de etarras o la localización de cinco zulos en Francia, me parece que el vicepresidente Chaves se pasa tres pueblos cuando dice que «la crisis prácticamente ha tocado fondo», y no me sumo a la moda malvada de sospechar que Usain Bolt, para ser el hombre más veloz del mundo, se ha dopado. Prefiero un poema de Quevedo al «Ulises» de Joyce (éste es el primer verano en que ni siquiera intenté hincarle el diente, tras décadas de fracasos sucesivos). Mantengo que mientras la sociedad vasca no rechace con unanimidad a los cabrones de las bombas hay un largo camino de sangre, y que los sueños de Patxi López y de todos los demócratas, como la edificación de Zamora, no se cumplen en una hora. También que, con más de cuatro millones de parados, la situación económica irá a peor mientras no se opte por limitar los faraónicos gastos públicos, en lugar de anunciar subidas de impuestos a los contribuyentes con una dialéctica del siglo XIX, puro Luis Candelas o José María «el Tempranillo» o Curro Jiménez de «robar a los ricos para dárselo a los pobres», cuando los verdaderos afortunados de este tiempo son los políticos, que cobran salarios de lujo sin dar un palo al agua, que utilizan el coche oficial para ir de copas, y que se pueden jubilar con la pensión máxima tras haber cotizado unos pocos años y que, además, ni se molestan en asistir a las sesiones del Parlamento. En cuanto a Usain Bolt, pienso que es un tío de puta madre. Si me gustase el toreo de José Tomás sería por su perfección, y no porque lo aplaudan los menos aficionados y los más ruidosos en el planeta de los toros. Y si no juego al pádel no es por llevarle la contraria a José María Aznar, sino porque no me da la gana. Por lo demás, sigo fumando, me gusta el vino, y en mi hambre mando yo. Diagnóstico: un mal español.