Poco se puede esperar de quien jamás en su vida se ha ganado la vida trabajando en algo que no sea la política. Ni siquiera la administración pública, donde se pueden aprender cosas aunque solo sea por el contacto cotidiano con la gente de la calle. Rodríguez Zapatero nunca ha hecho otra cosa que calentar escaño. De ahí pasó sin escalas a la presidencia del gobierno que rige los destinos de todos los españoles. Así nos va. Antes del verano la emprendió con los empresarios. Mal haríamos en focalizar el tema en su presidente Sr. Díaz Ferran, que es lo que pretende Rodríguez. Lo que hizo el Gobierno con su nota oficial es un ataque en toda regla al empresariado, es la habitual huida de las propias responsabilidades señalando un culpable que resulte antipático y pueda convertirse en blanco de las iras de la masa. El problema es que empresarios hay muchos. No se agota el empresariado en Florentino Pérez. Cualquier autónomo es, incluso sin saberlo y a su pesar, un empresario. La peluquera, el panadero, la dueña de la papelería y librería, el titular del taller mecánico: todos ellos son empresarios. También los profesionales que tenemos personal a nuestro cargo lo somos: abogados, médicos, arquitectos,... Cientos de miles de españoles, millones más bien, estemos o no integrados en la CEOE (y muchos lo están sin siquiera saberlo a través de organizaciones de rango inferior) estamos siendo acusados por Rodríguez Zapatero, el presidente de nuestro gobierno, de ser los culpables de que no se haya alcanzado un pacto social, que vete a saber qué cuernos es eso más allá de la foto en la escalera de La Moncloa. A ningún empresario le gusta despedir, y es que hay obviedades que resulta grotesco tener que repetir. Me recuerda aquella estúpida campaña de hace unos años, en la que a los coches se les ponía un adhesivo con una bandera blanca con la leyenda "no a los accidentes". Pero almas de cántaro: ¿es que alguien está a favor de los accidentes? El empresario desea fervientemente contratar, porque eso significa que su negocio crece: si contrata es que hay trabajo; si hay trabajo hay facturación; si hay facturación hay beneficio. Claro está, el empresario (y muy especialmente ese pequeñísimo, diminuto empresario que es el autónomo) también quiere saber que no se está casando de por vida con su empleado. La relación laboral es muy sencilla: tú trabajas, yo te pago por ello. O si lo prefieren, yo te pago y tú a cambio me haces un trabajo. Simple, ¿no?.