La polémica que rodea la subida de impuestos reúne todos los ingredientes de la novela negra: suspense, pistas falsas, personajes malencarados, bocazas y hasta «killers» que dicen aquello de «no es nada personal» mientras disparan a quemarropa sobre la víctima. Personal o no, lo cierto es que el Gobierno se dispone a encañonar a los contribuyentes con el BOE y sólo aguarda a tener bien afinada la puntería y a que Pepe Blanco cierre el pico. Todo el mundo sabía desde hace meses que los socialistas acabarían pagando la factura de sus guateques populistas con una escalofriante subida de impuestos. La incógnita era cómo la venderían, sobre todo, después de que Zapatero dijera aquello de que «bajar los impuestos es de izquierdas». Pues bien, la táctica es sorprendente: venden como una elevada exigencia ética lo que no deja de ser una opción política discutida y discutible, al tiempo que amedrentan al que se opone; si el año pasado tachaban de «antipatriota» al que avisaba de la crisis en ciernes, ahora acusan de «insolidario» al que critica la subida fiscal. El objetivo es demonizar al adversario y rehuir el debate serio, democrático y responsable. Sin embargo, hacer frente a los 120.000 millones de euros en que se ha entrampado el Estado es asunto demasiado grave para dejarlo en manos de demagogos y cantamañanas. O los partidos políticos se ponen de acuerdo en cómo pagar la factura, cuánto con impuestos, cuánto con reducción del gasto y cuánto con endeudamiento, o este país quedará hipotecado y arruinado hasta las cachas para los próximos quince años.