Otra cuestión, atañe, a la revolución de las bolsas. Abducidos por la llamada ecologista, asistimos como zombies a la negación de la hasta anteayer gratuita bolsa de plástico o, en su defecto, a la compra de una por cinco céntimos. Es decir, que tal cifra es el precio a pagar para pasarse por el forro la sostenibilidad del planeta. Ante semejante campaña en defensa del carrito de dos ruedas como fenomenal medio de transporte de la malla de naranjas, uno, que ya estaba rebotado por haber caÃdo en la trampa del primero de septiembre, confirmó en plena cola sus sospechas de que el ecologismo es otro de los «ismos» a los que nunca sucumbirán ricos y vagos. Ergo: que las bolsas de plástico seguirán existiendo mientras haya alguien que pague por ellas.
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