Los políticos se preocupan por el desempleo. Los políticos catalanistas, en cambio, temen al paro pero, en un exceso de celo, tienen miedo sobre todo al propio y a verse obligados a tener que buscarse un trabajo honrado. Su medio de vida depende de que exista un problema. Si no existe, hay que inventarlo para alarmar. Antes incluso del dictamen del Constitucional sobre el Estatuto, hablan ya de abismo, fractura o de que Cataluña se replanteará su pacto con el Estado. No lo crean, todo son mentiras para justificar su fracaso y no habrá tal. Cataluña no ha pactado nada con nadie porque tal concepto no es una señorita que se comporte cual meretriz al gusto del memo de turno. Cataluña es una comunidad apasionante con opiniones diversas e intentar suplantarla arrogándose la voluntad de todos supone tener la misma idea de Cataluña que la que Franco tenía de España. Todos estos pomposos que se postulan como la voluntad del pueblo catalán siempre tropiezan en no poder explicar por qué la mayoría del censo de votantes pasó de ellos y de ir a votar su Estatuto. Y, encima, entre los que fueron a votarlo, una parte votó en contra y otra parte de los que votaron a favor lo hicieron sin estar de acuerdo con la totalidad del texto. Así que ese Estatuto no representa la voluntad de los catalanes. En todo caso, con suerte, algo más de una cuarta parte. Se lo digo yo con datos. Yo creo que le debemos al Constitucional un poco de tranquilidad. Que recorte lo que lógicamente toca (especialmente el artículo ciento diez) y, una vez adaptada a la Constitución ese delirio de Estatuto, no sufran, que se pondrán a trabajar los que están acostumbrados a hacerlo siempre (es decir, los inmigrantes) y se verá qué de bueno se puede sacar de él. Si es que lo hay.