Tarugos y tarugas
Estos cursis se han inventado la «discriminación positiva». La acción de discriminar no puede resultar positiva en ningún caso. Hay que estudiar mejor el lenguaje y sus tesoros. No me acostumbro a oír o leer en los informativos de radio y televisión y en los periódicos que ha tenido lugar, en cualquier rincón del mundo, una «catástrofe humanitaria». Lo humanitario es aquello que beneficia a la humanidad, y una catástrofe jamás puede resultar beneficiosa. Sólo si la catástrofe afectara a todos los imbéciles que hay sobre la piel de la tierra, podría ser considerada humanitaria, pero no es factible. Un terremoto, un maremoto, una hambruna, una inundación -lo escribo bien porque no soy del PNV-, o un incendio devastador pueden ser catástrofes humanas, pero no humanitarias. Un miembro de «La Cultura» y del Sindicato de la Ceja, se quejaba hace poco, con elegante verbo, de la incomprensión que la sociedad española dedica a los cineastas. «La gente ignora que una película nos cuesta un huevo de la cara». Podría haber dicho que una película cuesta un huevo, pero no de la cara, porque en la cara no hay huevos, sino ojos, que era el símil buscado pero no encontrado por el cultísimo subvencionado. De subvencionados vamos hoy. Es decir, de chulos. Es decir, de personas sin talento que viven a costa de los impuestos de los demás. Hasta ahora, a los chulos del sistema no se les miraba el sexo. Pero la ministra de Cultura y guionista de cine (?) Ángeles González-Sinde, que fue receptora de subvenciones y ahora se dedica a repartirlas entre sus colegas, se propone dar más ayudas a las películas hechas por mujeres que a las producidas por hombres. Añade a la frescura de recibir dinero público a cambio de la falta de talento, la característica del sexo. Y ha llamado a esta estupidez «discriminación positiva». Discriminar -insisto-, es seleccionar excluyendo. Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos o de género. No es posible hallar en un trato de inferioridad, en una exclusión caprichosa o racista, religiosa, política o de género, nada positivo. Resulta que la señora ministra, con todos mis respetos, es un tarugo, o una taruga, no se me vaya a enfadar por discriminarla por sexo en su versión alcornocal.







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