Cualquiera que lea los correos remitidos a los periódicos por sus lectores se dará perfecta cuenta de que la mayoría de la opinión pública es consciente de que los soldados españoles no fueron enviados a Afganistán con la misión de asfaltar las calles, regular el tráfico rodado o repartir leche en las escuelas, entre otras razones, porque misiones semejantes son las propias de otro tipo de organización. El problema es que el Gobierno teme confesar algo que la opinión pública en realidad ya sabe, igual que con motivo de la crisis económica prefirió negarle la evidencia del paro a una población que se estaba quedando sin empleo. En este sentido cabe advertir que los militares desplazados en Afganistán son menos cobardes que los políticos que prefieren enmascarar una situación de guerra con la apariencia de una operación pastoral, como si lo que nos jugamos allí no fuese otra cosa que un difuso interés cultural, algo parecido a lo que pretendía Franco cuando Lucero Tena actuaba en Moscú con su faralaes y sus castañuelas. Al Gobierno le preocupan más los conceptos que la realidad misma y hace cuanto puede para que los ciudadanos perciban los acontecimientos de Afganistán como algo extraño que nos ocurre pero no nos incumbe. Se supone que cada vez que muere un soldado español, en La Moncloa se preocupan de seleccionar las explicaciones con el cuidado necesario para que el suceso parezca un simple traspiés cultural o un simple error del enemigo al atentar contra un vehículo del que sus hostigadores ignoraban que fuese parte de una caravana fletada por el Instituto Cervantes. Esa actitud oficial al camuflar la realidad tiene probablemente mucho que ver con la obsesión del Gobierno por estar en los sitios como si no se hubiese ido a ellos, se supone que con la intención de arrimar el hombro al lado de los aliados sin que lo sepa el enemigo. A nuestros políticos lo que les gustaría sería ganar la guerra sin tomar partido de una manera clara, evitando desafiar a los talibanes y, al mismo tiempo, haciendo lo posible para no estorbar a los norteamericanos. Algo así hicieron los franceses en la II Guerra Mundial y el resultado fue que, cuando quisieron darse cuenta, Hitler estaba en París y ellos sólo pudieron hacer el mínimo esfuerzo de disimular la vergüenza al servirle la mesa.

Cristo Ancor Cabello Santana















Mi condolencia a la familia, y todo mi cariño y apoyo.
¡¡¡NO A LA GUERRA!!
Sr. Rodriguez, es usted un fracaso para España, y una verguenza para el ejercito.
Levante la ceja, reuna a sus tirititeros y exiliense en el Polo Norte