Lo malo que tiene ayudar una vez es que la gente se acostumbra. Da igual que se trate de una persona individual, un colectivo o un sector. No hay que engañarse, los españoles queremos un país subsidiado. No confiamos en el libre mercado porque sólo funciona en contra de nuestros bolsillos. En este escenario de dádivas es donde mejor se desenvuelven nuestro políticos, donde más ovaciones arrancan. Porque para ellos lo importante no es la ayuda, sino poder contarla. Hace unos años, unos cuantos años ya, que los gobiernos de Felipe González iniciaron la demolición de un sector público empresarial ruinoso acostumbrado a malgastar los presupuestos de todos. De esa ruina apenas se salvaban una docena de sociedades. Las que privatizaron precisamente los distintos gobiernos de José María Aznar para gloria de la «inventora» del capitalismo popular, Margaret Thatcher. Los productos agrícolas viven de la PAC; los sindicatos y las patronales, de la formación continua; los fabricantes de automóviles no venden un coche sin planes Prever, Vive o 2000E; el aval del Estado garantiza las emisiones de muchas cajas de ahorros; no hay paneles solares sin subvención... El problema viene cuando se trata de retirarlas porque la máxima que reza «a precio cero, demanda infinita» se cumple inexorablemente. ¡A ver quién es el guapo que empieza a retirar las ayudas que se están realizando invocando a la crisis! ¡Malditos excesos!















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