Una de las losas más pesadas de la sociedad en la que nos ha tocado vivir es la de lo políticamente correcto, una censura disfrazada de «buen rollo» que ha perfilado un estrecho camino ideológico del que no es recomendable salirse, ni siquiera pisar los bordes, si no se quiere correr el riesgo de ser expulsado del redil. Esta meliflua corriente que lo invade todo y que coarta toda libertad de pensamiento ha arrastrado también a la inmensa mayoría de los medios de comunicación, que por convicción u obligación han optado por tratar de sacar lo menos posible los pies del tiesto. Esta situación de censura se ha puesto de manifiesto recientemente en dos ocasiones que me han llamado significativamente la atención. En primer lugar, hace poco más de un mes, el diario «El Mundo», con motivo del 70 aniversario del inicio de la II Guerra Mundial, entrevistaba a una serie de historiadores, entre ellos a David Irving, un revisionista que llega a plantearse la existencia del Holocausto. Posteriormente, la pasada semana la BBC, la TV pública del Reino Unido, decidía invitar a un debate de máxima audiencia con políticos de otros partidos a Nick Griffin, máximo dirigente del Partido Nacional Británico, una formación política de extrema derecha y de marcado carácter racista que sólo admite blancos entre sus filas y que está en contra de la inmigración. En ambos casos, la polémica generada fue enorme. Tanto la entrevista con el historiador como la participación televisiva del político provocaron protestas, quejas... El debate que abren este tipo de situaciones es profundo, pues alcanza a los cimientos mismos de la libertad de Prensa. ¿Deben los medios dar cabida a todas las opiniones, las compartan o no?, ¿deben los medios decidir qué opiniones son «malas»?, ¿se deben censurar determinadas opiniones? Evidentemente, si cuestionamos la libertad de Prensa, cuestionamos también la existencia misma del periodismo. No cabe duda de que hay opiniones peligrosas y totalmente rechazables, pero eso no quiere decir que no existan, que no estén ahí y que mucha gente las comparta. ¿No deben tener cabida en los medios? Nadie está hablando aquí de defenderlas ni de compartirlas, sino de manifestar su existencia. No creo que la actitud que deban adoptar los medios sea la del paternalismo protector, sino la de mostrar la realidad tal cual es, pues lo contrario nos acabaría llevando a dar sólo noticias buenas y evitar las malas. Eso supondría, lógicamente, que alguien habría de decidir cuáles son las buenas y cuáles las malas, lo cual sólo tiene un nombre: censura.