Evitando la polémica de si Osama Ben Laden existe o no –yo me hago la cuenta de que sí existe porque necesito tener alguien concreto en quien cagarme en sus muertos-, ahí va ese ente llamado Afganistán, que aparenta estar compuesto de átomos que no son físicos sino metafísicos. Su presidente se llama Hamid Karzai y es un pastún pijo, de familia bien, que luchó contra los soviéticos, en jubilosa alianza con los talibanes y la CIA (pues, contra la URSS, todos fueron cofrades). En resumen: el tipo debe mandar menos que mi viejo muñeco Madelman vestido de teniente de zapadores. Tras los atentados del 11 de septiembre de 2001, se invadió Afganistán al mes siguiente, el 7 de octubre. Al parecer, por entonces Rumsfeld se quejaba de que no había «buenos objetivos para bombardear en Afganistán». Irak era más apetecible. En ambos países, sin embargo, las intervenciones de la fuerza internacional capitaneada por USA, han sido un fiasco. O, dicho con las inefables palabras de aquella ex consejera de Interior: «Un éxito que aún no ha ocurrido». Ahora, Obama busca a Osama en Afganistán, tiene nueva estrategia (que es la vieja, pero con más dinero, norteamericano y de los demás), quiere que la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad de Afganistán (ISAF) envíe más tropas para allá y aumentar los efectivos norteamericanos en más de 100.000. Estupendo, aunque nadie prevé en qué quedará todo esto dentro de 50 años. Lo que sí se conoce es que Afganistán continúa siendo, pese a todo, el mayor proveedor del mundo de heroína, hachís y marihuana. Con ayuda de la aviación, se destruyen 5.000 hectáreas de opiáceas al año en Afganistán, «40 veces menos que en Colombia», según Víctor Ivanov, director de la agencia antidroga de Rusia, que «acusa» a EEUU de «no estar dispuesto a liquidar la producción de drogas en territorio afgano». Las opiáceas, verdaderas armas de destrucción masiva de Afganistán, siguen en flor…