El tema es que nuestro actual Estado es inviable económicamente, que la crisis institucional es alarmante y que si se produce una quiebra en torno a 2015 de la que hablan ya algunos expertos, no podemos asegurar que de ella salga incólume nada. Frente a esa situación no es de recibo esconder la cabeza bajo tierra, sino que hay que asumir una enérgica reforma constitucional. Opciones -si se examina el tema de manera realista- sólo hay dos. La primera sería la francesa. Personalmente, yo me siento atraído hacia ella porque la única nación del mundo, aparte de España, que tiene vascos y catalanes es Francia y, de manera bien reveladora, no sufre ningún problema con ellos. Un sistema como el francés nos ahorraría derroche, inestabilidad e incluso terrorismo porque ETA atenta no en la Francia jacobina sino en la España autonómica y negociadora. Pero existe también una segunda opción que es la alemana: recortemos el Senado, hagamos que el poder central recupere competencias como educación y sanidad, y que las autonomías disfruten de mínimos poderes de carácter local; devolvamos al poder central la mayoría de los recursos económicos y no permitamos que haya otra voz en la UE que la del poder nacional. Con esa reforma, lograríamos salvar nuestra economía; salvar el actual orden constitucional, salvar la monarquía y salvar la democracia. Ciertamente, algunos personajes tendrían que buscarse acomodo nuevo, pero esa circunstancia no debería inquietarnos. Primero, porque todo sería por el bien de España y, segundo, porque cuando se conoce su pasado y se sabe cómo procediendo de la Falange o del Opus ahora forman parte de la «izquierda caviar» no puede dudarse de que encontrarán un nuevo y pingüe pesebre.


Manifiesto por la dignidad de España