La artificial y sectaria pretensión de retirada de los crucifijos de las escuelas refleja, una vez más, la agresiva intolerancia de que pueden hacer gala en nuestros días los presuntamente tolerantes. En nombre de la tolerancia, la libertad y el pluralismo quieren imponer sus fobias y obsesiones personales a toda una sociedad: deniegan el derecho de los padres a educar a sus hijos en libertad, pero aplauden que el Gobierno imponga su modelo ideológico de ciudadano a todos; se escandalizan de la propuesta de proteger la vida del ser humano que aún no ha nacido, pero exigen limitar la objeción de conciencia de los médicos frente al aborto; sienten ofendida su libertad de no creer por la presencia de un crucifijo, pero les parece legítima la blasfemia obscena contra la iconografía religiosa más sagrada. Estamos ante el nuevo «laicifascismo», que brota con fuerza para laminar nuestras libertades. Vivir en la calle Carlos Marx no viola mi libertad de no ser marxista. Tener una estatua de la Venus de Milo en mi escuela no me obliga a creer en los dioses romanos. Ver a un obeso comerse una hamburguesa grasienta no viola mi libertad de mantenerme a dieta. Estudiar en un instituto llamado José María Pereda no viola mi libertad de pensar que sus novelas son un rollo. Escuchar a Zapatero decir que él no cree en Dios no viola mi derecho a creer. Si ver un crucifijo fuerza a alguien a creer en Cristo como Dios, es que ese alguien tiene un problema psiquiátrico, no de libertades.

 

Mensaje de texto enviado por Manuel A. Rodríguez Navarro @18:15

¿A alguien le extraña estas prácticas del Gobierno para recaudar? Le recordamos que la DGT hará más de 300.000 controles de alcoholemia hasta el 20 de diciembre.