La Nochebuena de Jarroy
Han dicho unos señores que el 30% de los españoles acaban discutiendo en Nochebuena. No ha trascendido si la discusión se centra en los temas tradicionales, esto es, lo seco que está el pavo, las críticas a Papá Noel por afrancesado o el clásico siempre quisiste más a mis hermanos que a mí, mamá, y si no por qué nunca tuve yo una bici de carreras y heredaba los jerséis con coderas. El español medio lee estas cosas y no sólo piensa en lo brutitos que somos sino que además no le choca nada porque, como buen patriota, hace lo que ve: pelearse a la mínima, sobre todo en las fiestas de guardar. El domingo, sin ir más lejos, se celebró el día de la Constitución, que al ritmo que vamos será propuesto cualquier día de estos como Nochebuena civil en la que le traiga regalos un señor gordo vestido de Peces-Barba. La mitad de la familia invitada, claro, hizo un feo a la otra media y ni apareció. Llegaron las autoridades la mar de bien peinadas, llegaron las ministras en coreografía de cheer-leader en el papel de Las Cuñadas Fantásticas y llegaron Carrillo y Fraga con chalequito y bastón ejerciendo de abuelos paterno y materno. Llegó el Lehendakari en el papel del novio nuevo de la prima del norte que por fin gusta a la abuela (y accede a asistir a tostones familiares) y llegó Montilla en cualquier papel menos en el de cuñado salao que cuenta chistes. Llegó Herrero de Miñón con gesto de que no olía bien por su zona y llegó también Bono a dar un discurso de esos que le gustan a él, lleno de palabras con jota. Estaban todos salvo los del PP, miren qué cosas. Los del PP, esos que hablan de la fiesta de la democracia cuando pierden las elecciones y que se llenan la boca con la Constitución en cuanto levantan la voz por la parte de Vic, se fueron de puente. Y es que esto, en el fondo, es también muy español: no perdonar un puente y aprovechar la mínima ocasión para meter la pata con estruendo. Joder qué tropa, Mariano.







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