La huelga de hambre es un acto libre, pero deja la responsabilidad de morir a los que, con tan dramático gesto, se apremian a dar una solución a su petición. A veces, lo que se pide es inaceptable aun siendo justo; otras, ni es justo ni, por lo tanto, se puede conceder. No es lo mismo persistir en el ayuno por querer cambiar una ley electoral (Evo Morales), que hacerlo porque te han arrebatado injustamente tus tierras. En este caso, el «todo o nada» podría comprenderse, aunque no compartirse (por razones obvias). En los manuales de la no violencia se diferencia entre los ayunos que, por ejemplo, realizaba Gandhi, y la violencia encubierta de alguien que quiere hacerte responsable de su muerte. En el primer caso, el objetivo es llamar la atención y convencer a sus adversarios de que la India debía independizarse de la metrópolis. En el segundo es imponer una solución imposible de llevar a cabo, aunque sea justa. A este último caso creo que se ciñe el de Aminatu Haidar. De persistir en su intención de morir sería un sacrificio y se convertiría en una mártir, una figura política y sentimental propicia para los mesías, siempre dispuestos a abrazar causas. Por lo tanto, cuando se habla de apoyar a Haidar habría que dejar claro que se la apoya en su deseo de que el Sahara sea independiente, pero no de que continúe su protesta hasta la muerte.