El presidente Zapatero organizó un sarao suicida el lunes en el Senado que sirvió sólo para constatar que su legendario poder de seducción está extinguido. Ni seducción ni persuasión. No acierta el presidente a coronar con éxito un solo puerto. La pretenciosa Conferencia vino a ser un «remake» de la cena de julio en La Moncloa con los siameses Méndez&Fernández y el amable Díaz Ferrán. También entonces los reunió el presidente en torno a la mesa paritoria decidido a sacar con fórceps un acuerdo. También entonces se levantaron de la mesa sin haber parido y se desmelenó el presidente poniendo a caer de un burro a esa mosca cojonera llamada «patronal». ¿Quién dijo que Zapatero nunca se cabrea? Cuatro meses después, el Díaz Ferrán tocahuevos es ahora «nuestro amigo Gerardo» y los siameses sindicales matan el tiempo organizándose homenajes populares a sí mismos. El lunes convocó Zapatero cónclave de gobernadores regionales –con cameo incluido de los hermanos Méndez– y mandó cerrar las puertas del Senado hasta que el humo negro se volviera blanco. Se asfixió. Encabronado por el sonado gatillazo, se personó de morros ante los periodistas para arrearle al PP por tacticista, desleal y antipatriota. ¿Quién dijo que Zapatero nunca se cabrea? Comparto con Jordi Sevilla la percepción de que el presidente ha perdido «el ángel». Su empeño en repetir a todas horas que él sabe lo que hace es el amargo síntoma de que se ha instalado en un pueril victimismo. La fatigosa rueda de prensa que ofrece cada viernes la vicepresidenta –sin una sola respuesta aprovechable a tantas preguntas– reafirma la sensación de: aquí no hay brújula.