El odio es la válvula de escape de la frustración. A su través se fuga violentamente toda la presión ahorrada en innumerables fiascos que, a menudo, han sido regalados por quienes debieran gobernar la sociedad para algo mejor que promocionar amigos, colocar colegas, ensalzar frikis, comprar voluntades, pagar con negocios sustanciosos a los cómplices la fidelidad a la causa, envanecer inútiles o jugar con la crispación social para sacar ventaja sobre los adversarios políticos. La frustración es un río de incompetencia de las pésimas autoridades que suele desembocar en el odio de los ciudadanos. No todo el mundo puede controlar sus emociones en todos los casos; siempre hay un momento de debilidad, en que la voluntad y la razón están relajadas o abatidas, y, entonces, si se odia con la intensidad suficiente porque la frustración es lo bastante desoladora, el estallido es inevitable y las consecuencias pueden ser desastrosas. Visto desde la razón, el odio es irracional, propio de quienes han permitido que su corazón se encoja; no en vano en ningún lugar cabe más odio que en un corazón pequeño. Sin embargo, visto desde la otra acera de esa misma razón, ¿no será responsable del odio precisamente quien con sus injusticias encogió los corazones?..., ¿es terrorista quien mata por odio, o lo es el que sembró el odio suficiente para que el hombre se convierta en una fiera que ve una opción liberadora en acciones desesperadas, cuando no suicidas?... A veces, por todas esas injusticias con que cada día nos regalan nuestras tramposas autoridades, las bestias se desperezan, y sólo por la voluntad pueden ser contenidas. Pero, ¿y qué si la voluntad está débil?... El odio, entonces, estalla, y paga un inocente por la enorme cuota de frustración que el individuo arrastra o paga un extraño, si no un amigo o la misma pareja. ¿Cuántas muertes son debidas a odios ajenos a esa misma situación aparente que provocó la enajenación?..., ¿cuántas muertes producidas en el ámbito tramposo de eso que se nombra por violencia de género no están producidas por un odio sembrado desde los púlpitos del Congreso, las encíclicas de los diarios, las promulgaciones de leyes injustas, las condiciones laborales o desde el conjunto de todo ello?... Frustra, frustra mucho que lo más necio sea encumbrado, que los inútiles y los pillos vivan mejor que los honrados, que se premie el lametón o la proximidad ideológica en vez de la calidad que se pregona, que Juan Pueblo siempre sea el adorno, el orillo, la cenefa o la jácara con que se adoban las trampas para que parezcan decisiones justas, que las varas de medir sean distintas según para quién, que el esfuerzo se desconsidere... Frustra mucho, sí; y, cuando la frustración alcanza una masa crítica, cuando el hervor de la sangre comienza a transformarla en gaseosa, el mecanismo del odio se dispara y permite que la presión se libere en forma de odio, y el odio siempre es demoledor para alguien, aunque frecuentemente no lo sea para aquellos que lo sembraron, lo abonaron y lo regaron. Incluso los verdaderos responsables del odio presenciarán los juicios de quienes empujaron a la desesperación y, con un vaivén de cabeza que evidencie suficiencia, se quejarán de la débil condición humana que permite que un tigre o un cocodrilo haya escapado de su jaula craneal para satisfacer su instinto. Se sentirán a salvo, ignorando a propia intención que ellos fueron quienes liberaron a las bestias. El ejecutor del odio es responsable de sus actos, pero no en mayor medida que quienes los provocaron. No nace el hombre para odiar. Hay que dirigir el dedo: alto, mucho más alto. Aunque señale a los mismos que dicen combatirlo.