Mientras todos Vds repasan sus números una y otra vez y se mandan mensajitos ridículos con los compañeros de oficina acerca del décimo que comparten y piensan en cuántas cosas podrán hacer si les toca la Lotería, servidor estará currando tratando de evitar el soniquete del Sorteo de Navidad. Ojo, que los niños de San Ildefonso sí me molan. Yo mismo, si no fuera por mi provecta edad, pagaría por ponerme una faldita tableada y estar encima de ese escenario canta que te canta todos los números al revés. Yo ahí, muy serio, inventándome las bolas, o moviendo el bombo más de la cuenta. Qué bien lo íbamos a pasar. Y no con estas criaturas, que son prácticamente infalibles. La verdad es que casi nunca les he tenido afición a los juegos de azar. El año pasado fui una noche a un bingo y acabé pidiendo el libro de reclamaciones porque el jefe de sala me acusó de estar allí sólo porque regalaban la cena. Hojaldre de jamón y queso, ternera a la jardinera con arroz y profiteroles con chocolate y nata. Ya ves tú. Y encima sin poder hablar. Yo lo que quiero es que le toque a mis amigos y se vayan todos y me dejen tranquilo. Lo mismo sirve para los buenos amigos: querrían que nos fuéramos de crucero para celebrarlo y yo me mareo y además me da vergüenza que haya piano en esos barcos tan grandes. Así que ni hablar, que no me toque que luego no son más que problemas y quebraderos de cabeza y mala conciencia y era ya lo que me faltaba. Y además, porque creo que las personas que tenemos mucha suerte en la vida no deberíamos tentarla más, no sea que se revuelva. La suerte es muy traicionera. Que se lo pregunten a la moto de Pere Navarro, que se las prometía muy felices llevando en el lomo al director de la DGT y acabó la otra mañana estampada por culpa de una placa de hielo. ¿Sabe alguien cómo está? La moto, digo.