Muchas veces me he declarado «Hannoverista» como partidario de un príncipe cuya bandera ha sido siempre la de la libertad para hacer lo que le viene en gana, por más que ofenda a una maledicente sociedad puritana que entre la envidia y la tiña no tiene más remedio que regocijarse con sus defectos. Como decía Maquiavelo, «Todos ven lo que pareces y pocos lo que eres». Se le ha tachado de borrachín maleducado y pendenciero, cuando en realidad actos como orinar en la puerta de los locales públicos o apartar a sopapos a los «paparazzi» podrían ser considerados demostraciones de una autoridad natural que se va perdiendo entre la aristocracia dominada por la dictadura de la prensa rosa. Eso tal vez es lo que peor ha llevado de su matrimonio con Carolina de Mónaco, tener que entrar en el juego de una familia mediática que vive de la imagen y cuyo Principado podría caber en uno de los armarios de sus múltiples palacios. Al final, a la pareja le ha llegado el no va más y la ruptura de banca para que a la antañísimo díscola Carolina le lluevan de nuevo unas cuantas portadas destacando su serena belleza en la soledad –vamos, para prejubilarla a la espera del relevo de su prole en la feria de las celebridades– mientras el Príncipe se refocila en Tailandia dejándose embadurnar los lomos por una juvenil doble de su santa. Más campante que un vodka martini, aunque ahora dicen que no bebe, lo que quizás le haya dado clarividencia para largarse con viento fresco a disfrutar de su poderío y fortuna. Esa facultad para soplarse compromisos, ceremonias y tostones con la pereza de la resaca y cuando le viene en real gana. Lo que se ha venido a llamar «hacerse un Hannover».