Lavadora de conciencia
La clase media española –lo que queda de ella– mueve la cabeza gravemente ante las luctuosas noticias y las escalofriantes imágenes que llegan desde Haití, y lamenta su impotencia. Qué pena, esos niños de piel negra empolvados con los restos de la tragedia… Nos conmueven los cadáveres apiñados, sucios, descomponiéndose al sol del Caribe. Apenas podemos tragar la comida cuando el telediario emite los agrios emblemas de la desolación, el estrago, el pillaje, por encima de nuestro mantelito bien planchado. Somos buena gente. Sentimos compasión. Ganas de ayudar. Olvidamos nuestro «panem et circenses» de cada día y cerramos los ojos, sobrecogidos. Algunos, incluso haremos una pequeña donación, una limosna, con la esperanza de que le llegue directamente a uno de esos críos de mejillas apagadas, con ojos como bocas de lobos, que nos miran a la cara desde la pequeña pantalla. Nuestra buena conciencia se refuerza porque somos capaces de sentir mala conciencia. «No estamos tan mal, mira a esos pobrecitos…», concluimos meditabundos, con cierto repugnante regocijo que nos hace sentir aún peor. Un día, toda la balumba de fotografías espeluznantes desaparece de los medios de comunicación, y ya no nos acordamos de Haití. Aunque recordamos vagamente que jamás iríamos allí de vacaciones. Y es que, en Haití, como en Rwanda, Níger, Darfur… no hay nada que políticos, multinacionales o viceversa quieran. (Mientras, nos obligan a mantener con nuestros impuestos engendros como el supuesto «estado» de Kosovo).







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