Para ir en avión hay que calcular el desplazamiento, con su atasco correspondiente al aeropuerto, la huelga de controladores aéreos, la posible nevada propia de la época y los controles de seguridad. Ante ese panorama lo mejor es quedarse en casa. Pero si hay que viajar, se viaja. Tenemos la tarjeta de embarque y para pasar el control de seguridad te transforman en un presunto terrorista. En fila de a uno te vas desprendiendo de tu libertad individual en aras del miedo que va camino, con el escáner, de dejarnos literalmente en pelota. Si llevas una pequeña tijera de uñas, en seguridad lo ven como un arma peligrosa y se requisa. Lástima que en el avión te den un cuchillo para partir la carne. Si protestas, te cachean. Y de la colonia ni hablamos porque huele a explosivo líquido. Como los terroristas son tontos seguro que caen ante estos controles que no han logrado una sola captura del terrorista e incomodan y a veces humillan a millones de pasajeros al día. Definitivamente me voy en coche. Pero tampoco. Los radares son aquí los encargados de brearnos. En los lugares donde la multa es fácil y el número de accidentes cero. Me monto y al poco veo el fogonazo. Me paro y quiero calmar los nervios con un cigarrillo. Imposible, el Gobierno quiere velar por mi salud y prohíbe el tabaco aunque aumenta los puestos de venta y los impuestos. Decido tomarme una copa y el camarero me dice que por mi salud y para evitar colapsos en un futuro en la Seguridad Social no me la sirve. Está bien, siempre se ha dicho que con un libro viajas desde tu casa a cualquier parte. Es la manera oficial de que todos leamos más.