Somos (casi) Grecia
Le oí una vez decir a Aznar que en Europa nos tienen ganas, y es verdad. Habíamos crecido demasiado y nuestra floreciente prosperidad molestaba a potencias venidas a menos como Alemania, Francia y Gran Bretaña. Que España tuviera mejores indicadores que tales naciones era mal digerido, y en cuanto han podido nos lo han hecho pagar metiéndonos otra vez en el grupo de los «pigs», los «cerdos» europeos que hacen peligrar a la Unión. El problema es que estamos ahí por méritos propios. Aznar nos sacó del furgón de cola de la UE y nos situó en el de cabeza tras adoptar medidas de ajuste duro que acabaron dando el resultado esperado. España bajó el paro, aminoró sustancialmente el déficit, redujo la deuda y colocó en su escaparate el cartel de país fiable y rentable. Éramos envidiados e incluso proyectados como ejemplo fuera de nuestras fronteras, pues no en vano el milagro español constituyó una realidad para el mundo. ¿Por qué estamos en la actual situación, entonces? Probablemente porque nos hemos dejado llevar por aquella prosperidad sin tener en cuenta unas cautelas mínimas. Hemos gastado más de lo que debíamos. Hemos pedido más créditos de los que podíamos pagar. El Gobierno de Zapatero se ha dejado llevar por el camino fácil del derroche, las subvenciones y los subsidios sin pensar que el dinero no es ilimitado y un día se acaba. España no es Grecia pero puede llegar a serlo si no se actúa a tiempo para evitarlo. La improvisación y los bandazos de esta semana ayudan poco a frenar el deterioro. Nos enteramos tarde de la crisis y no hemos tomado una sola medida seria para superarla. Hacer sólo lo que dicen los sindicatos nos llevará al desastre. Las medidas que hay que adoptar son duras e impopulares, pero hay que tomarlas. Si el Gobierno no lo hace, le obligarán a ello.








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