Aquí seguimos, viendo cómo caen las hojas del calendario en medio de la desolación. Tuve la oportunidad el otro día de recorrer un conocido parque industrial de Madrid a eso de las cinco de la tarde. Era como un desierto. Apenas un coche que torcía, alguien que deambulaba hacía ninguna parte, fabricas cerradas, grúas paradas, naves sin terminar. Mi interlocutor, con negocio en la zona, comentó con desconsuelo que «no nos entra un contrato. Teníamos 25 empleados y sólo nos quedan cinco. Si en un mes todo sigue así, cerraremos y mantendremos la empresa dormida, a la espera de que las cosas cambien». El panorama del país no está para fotos, que es lo único que, por lo que se ve, sabe hacer de maravilla este Gobierno. En diciembre eran Chaves, Salgado, Corbacho y De la Vega los que aparecían en los telediarios reunidos, como trabajando. Ahora se han caído tres y han entrado dos en la instantánea, pero el escenario es similar. Quizás peor. La desolación no está sólo en los polígonos industriales. Está en la calle. Nunca vimos tantos comercios cerrados. El turismo renquea. La Sanidad tiene el dinero justo. Algunos consejeros de autonomías no esconden que en junio, o sea, dentro de cuatro meses, no sabrán qué hacer para pagar. Y los ayuntamientos, endeudados hasta límites que asustan, sin liquidez para saldar cuentas y deshacerse de acreedores. Estamos ante una nueva farsa. Llevamos perdidos dos años de la legislatura. Dos años de fotos y marketing, bandazos y decisiones apresuradas, derroche electoralista y actuaciones irresponsables. El último ejercicio que gobernó el PP, año electoral, el crecimiento del gasto público se fijó en el dos por ciento. Doce meses después, con Zapatero y Solbes ya en el poder, la previsión de gasto subió al ocho. Ahí está la explicación de gran parte de lo que ocurre. Gastamos sin parar, incluso el dinero que no teníamos. Tanto, que pasamos de un déficit del 2,5 por ciento al diez. Por eso el pacto es poco menos que imposible. PSOE y PP están en las antípodas con relación a la economía. El Gobierno no quiere renunciar a su generosa política de prebendas sociales, subvenciones culturales, subsidios electorales y aguinaldos sindicales. No sabe hacer otra cosa, en realidad.