El cuerpo no encontrado de Marta del Castillo conduce inexorablemente a la hipótesis barajada desde el principio por la familia: hay cómplices que ni siquiera están procesados. Tres jovenzuelos sin pasado delictivo, por macarras y desalmados que sean, no logran que se volatilice un cadáver. Se lució el aspirante a politicastro que se apresuró en presumir de una «actuación policial de libro», y también los interrogadores: por las que hilan los va a fichar el Mosad. Va a empezar un juicio oscilante entre la chapuza y la farsa, en el que habrá que retorcer (¿deformar?) la ley para motivar una condena severa porque entre todos han logrado una Justicia más que ciega: sorda, ignorante, torpe e inerme. Miguel Carcaño se descojona en la celda mientras sus cooperantes necesarios gozan de los privilegios de la libertad.