Ahora va a resultar que sólo los etarras y sus conmilitones tienen hijos. Se acaba de dar cuenta Arnaldo Otegui del sufrimiento de su niña a consecuencia de su encarcelamiento prolongado. Lógico porque, en efecto, la cárcel deja secuelas entre quienes la sufren y sus familiares, y sólo los que la padecen saben lo difícil que es adaptarse con normalidad a ella. Pero los etarras y los proetarras están entre rejas no por capricho de un juez o un funcionario. Están en prisión porque cometieron el delito grave de participar o colaborar en la comisión o justificación de execrables crímenes que acabaron con la vida de personas que tenían hijos a los que se privó incluso de la oportunidad de poder visitar a sus padres en la cárcel. Es comprensible que la hija de Otegi se deprima. No sé si por tener a su padre entre rejas o por tener un padre que, amén de ser un hijo de puta, haber sido etarra y portavoz del partido de los asesinos, se sirve del comprensible sufrimiento de su vástago para apelar a la piedad que él nunca tuvo con los hijos de los padres asesinados por sus compañeros de organización. Que también sufrieron y se deprimieron y lloraron, y aún hoy padecen insomnio, pesadillas y síndrome postraumático, o sueñan con poder besar algún día a los progenitores que perdieron por haber sido injustamente asesinados por la mafia terrorista.