Malo, muy malo
Malo para todas esas mujeres que han sido asesinadas por sus parejas o ex parejas durante este mes en España. Un abril trágico para todos los que sentimos el dolor de un mundo tan descarriado. Porque, ¿cómo es posible que en un país como el nuestro, tan civilizado, tan moderno, se siga ejerciendo de este modo la violencia doméstica? Tendríamos que ir a las raíces y pensar en el macho ibérico como una especie autóctona que logra sobrevivir a cualquier circunstancia. Parece que da igual que se les amenace con cárceles, con pulseras, con órdenes de alejamiento; ellos llegan hasta ellas, esas mujeres que dijeron se acabó, y las atacan. Porque los maltratadores no asesinan mientras ellas aguantan, mientras les temen, mientras callan, es cuando la mujer se rebela cuando él se ve en el espejo. Cuando descubre su miseria y su soledad. Entonces mata. La pena mayor es que la mayoría no quiere cambiar. Sus cerebros parecen manzanas irremediablemente podridas. Dicen que sí, lloran, suplican, respiran y… vuelven a hacerlo. Porque lo suyo no es una enfermedad, es una conducta basada en un sistema de creencias sexista que quiere el dominio de la mujer como objeto de su posesión. Ése es su poder y no están dispuestos a perderlo. Si no es con la misma víctima, lo harán con la siguiente. Por eso sí se debería buscar la manera de que se supiera quiénes son, como lo sabemos de otros delincuentes. Me siento desolado en un mundo en que la fuerza física sigue mandando. En el que nadie se atreve a ser el primero en destruir las armas, jubilar los tanques y sacar la palabra. En cualquier conflicto. La palabra.







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