La desesperación nos invade. No es que la crisis no pudiera ser subsanable, pero la inercia de los sistemas de gobierno y de subvenciones hace que sigamos gastando dinero público a manos llenas, incapaces de detener la sangría. No parece que existan posibilidades de que se llegue a cualquier decisión más que las que puedan hallarse en cualquier quimera. Los sindicatos, por si fuera poco, les han dado la espalda a los empresarios (cosa coherente si tenemos en cuenta que antes ya les habían dado el culo). En ese panorama de confusión, la ministra de Igualdad, tan trabajadora que casi se rompe una pierna durmiendo, decidió hace unas semanas que toda la culpa de este lío se debía atribuir o bien a Blancanieves o bien al hiyab. En ese momento, todos los españoles, de rodillas y sollozando, preguntamos si no se le podía haber ocurrido escoger otro momento menos inoportuno para intentar introducir aquí la moda, vieja ya en USA hace 20 años, de revisar el sexo de los cuentos clásicos. Si no tiene mejores iniciativas para justificar su sueldo, he aquí uno de los primeros recortes que podrían hacerse por la austeridad. Todo aquel que haya viajado un poco sabrá que España es de los escasos países en que la mujer conserva su apellido después de casarse, y que hoy en día los niños no ven Blancanieves sino los manga de la tele. También que la hembra humana es el único mamífero que no experimenta el celo y que, a pesar de ello las series infantiles van llenas de sexualidad subliminal. Eso no parece preocupar mucho a la ministra, quizá debido a que (como se comentaba este año en los carnavales de Cádiz) le han dado el Ministerio de Igualdad precisamente porque todo le da igual. O porque aún no se ha enterado de que el femenino de pene no es pena sino, como todos los adultos saben, vagina.