Hay quien adora la Navidad porque tiene de ella la visión elemental de que es un buen momento para reunirse con la familia. Otros prefieren creer que son días aciagos en los que lo que se recuerda es la ausencia dolorosa e irreversible de quienes fallecieron. Para muchos, las fiestas navideñas son una buena excusa para saltarse el régimen alimenticio y ganar los quilos que se comprometerán a perder en los juramentos inútiles del año nuevo. A mí me trae sin cuidado lo que los demás piensen de la Navidad, que es algo que me gusta sin necesidad de dar explicaciones, entre otras razones, porque no se trata de un delito. Tampoco me molesta en absoluto ese cine navideño lleno de trineos y alegorías benéficas, con familias pecosas y felices reunidas con discreto fingimiento moral en torno a un pavo obeso y gratinado que mismo parece un avión. ¿Qué el espíritu de la Navidad es una recreación falsa de sentimientos siempre más infames? Sí, puede que lo sea, pero, ¿qué hay de malo en ello? ¿Alguien se ofendería si los terroristas islámicos dejasen de matar en Irak aunque sólo fuese por la decorosa estupidez de fingir una decencia de la que carecen? No hay nada de malo en que la gente se felicite la Navidad a pesar de no sentir sinceramente lo que dice. Hay rutinas que ennoblecen al ser humano, incluida la rutina de mentir de buena fe. Yo estos días escucho esos hermosos villancicos que tienen por costumbre grabar toda las grandes figuras de la música. Yo sé que se trata de un negocio, pero no me importa. Escucho esas voces y me gusta pensar y escribir mientras suenan en mis oídos. ¿Qué no sienten lo que cantan? Bien ¿y qué? Muchos políticos llegan al poder gracias a no decir lo que piensan. La humanidad ha hecho grandes cosas a partir de enormes mentiras.







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