La Audiencia de Guipúzcoa ha condenado a cuatro guardias civiles. El motivo, haber propinado unos presuntos puñetazos a Portu y Sarasola. Al menos eso es lo que dicen estos, que vienen a ser los dos hijos de puta que un día tuvieron a bien segar la vida de dos seres humanos en la T4 de Madrid, por el solo hecho de respirar el mismo aire que ellos. Lo hicieron, como siempre, en nombre de ETA, el hacha, la serpiente, la independentzia y la puta madre que los parió a todos. Que a estas alturas del guión haya quienes aún crean en la palabra de dos terroristas, de dos ratas repulsivas como éstas, la verdad es que no me sorprende; sabido es que de todo tiene que haber en la viña del Diablo. Ahora bien, que sean precisamente los jueces quienes les concedan tal credibilidad, negándosela a los guardias civiles, y que su testimonio sirva de medio probatorio para condenar a éstos, la cosa es bastante preocupante. Tengo para mí que la condena de los guardias civiles no es tanto cosa de credibilidad como de comodidad. A mi juicio, quienes han fallado en favor de los etarras, lo han hecho porque les resultaba más cómodo enchironar a unos humildes guardias que a dos miembros de la Cosa Nostra. A los primeros no lo respalda nadie ¿quién iba a hacerlo? ¿Rubalcaba? ¿El presunto responsable del caso Faisán? Del vicepresidente se cuentan tantas cosas, que si la mitad de ellas fueran ciertas, hace tiempo que tendría que estar entre rejas. De por vida. Eso si la justicia fuera ciega. Pero no lo es.







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