Estamos tan acostumbrados ya a altísimas tasas de paro que la falta de trabajo solo parece preocuparles a quienes lo padecen. Por eso, un Gobierno impávido se congratula aquellos meses en que no se destruye empleo, como si con un 20% de parados aún quedasen muchos puestos de trabajo por destruir. Nos hemos resignado, pues, a la fatalidad, ya que nuestra reforma laboral sirve para facilitar el despido en vez de incentivar el empleo. El paro se ha convertido en una alternativa de vida y los subsidios en una forma de ingresos, como si ambas situaciones fuesen normales y no una aberración. ¿Cuántos años serán precisos, en estas condiciones, para que el paro sea solo del 7%? ¿Diez años, veinte? ¿O tal eventualidad no es ni siquiera posible dado nuestro anquilosado sistema de relaciones laborales? Si no conseguimos incorporar al mercado de trabajo a ese 40% de jóvenes en paro endémico, si no frenamos la sangría del fracaso escolar, si no aumentamos la productividad de unos trabajadores faltos de motivación, si no reorganizamos las empresas en vez de propiciar tontas regulaciones de empleo y jubilaciones anticipadas, vamos directamente a la catástrofe.